La celebración del Congreso, a pesar del contexto mundial de grandes tensiones políticas e incluso graves conflictos bélicos, ha transcurrido en un clima pacífico, participativo y constructivo en torno a los valores propios de la Carta de Ciudades Educadoras. Este clima se ha concretado en la práctica de un diálogo plural, abierto y sincero por parte de las 141 ciudades y pueblos de 15 países. El resultado de los múltiples intercambios de ideas y experiencias a lo largo de estos días se completa con esta Declaración Final como síntesis de las principales aportaciones del conjunto de congresistas.
La Carta de Ciudades Educadoras es el marco de referencia de los encuentros entre ciudades y pueblos de la asociación comprometidos con la educación, la paz y el bienestar de todas las personas. Dada la complejidad y dureza del contexto mundial, la Carta se revela especialmente necesaria; su Preámbulo alerta del “peligro de las derivas populistas que dificultan (…) la vida, la confianza democrática y la paz mundial”; y, más adelante, la mención del “riesgo de radicalización y de enfrentamientos violentos”, que lamentablemente la realidad reciente ha confirmado. El Principio 3 propone claramente “la educación en la diversidad para la comprensión, la cooperación solidaria internacional, el reconocimiento y el respeto de los pueblos indígenas y otras etnias objeto de discriminación, y la paz en el mundo”, principio de fuerte vinculación con alguno de los ejes de trabajo del Congreso. También el Principio 20, que cierra la Carta, enmarca bien las actividades del Congreso cuando dice: “La ciudad educadora concienciará sobre la interdependencia de las dimensiones local y global que plantean los retos mundiales.”.
En este contexto mundial, las Ciudades Educadoras pueden y quieren, tal como se ha evidenciado en el Congreso, actuar como contrapeso pacificador, dialogante y constructivo de los valores y derechos humanos.
El título general del Congreso, “Educación y cultura en la ciudad: comunidad, sentido crítico y creatividad”, se centra en el principio 4 de la Carta, que señala la importancia de promover “el derecho a la cultura y la participación de todas las personas y, en especial, de aquellos colectivos en situación de mayor vulnerabilidad, en la vida cultural de la ciudad como vía de inclusión, de fomento del sentimiento de pertenencia y de buena convivencia”Una participación que incluye la contribución de la ciudadanía a una cultura viva y cambiante, el estímulo de la creatividad y el apoyo a iniciativas culturales, tanto de vanguardia como de cultura popular.
Así, este Congreso propone que los grandes valores de la educación y la cultura se hagan reales en la ciudad por tres vías concretas, dado que la educación y la cultura no se practican en el vacío, sino necesaria y felizmente en comunidad; y porque la comunidad no se vuelva opresiva, necesita el sentido crítico de las personas que la conforman; y, finalmente, ante los grandes retos sociopolíticos actuales y, especialmente, ante la acelerada disrupción tecnológica que vivimos, es imprescindible la creatividad, aquella que nos singulariza como personas ante el peligro de control y homogeneización de los dos grandes poderes emergentes en el mundo: la inteligencia artificial, especialmente la generativa, y el big data.
El primero de los ejes trabajados en el Congreso es el referente a la ciudad como comunidad. La mera acumulación o agregación de personas en un mismo espacio urbano, sin conciencia ni condiciones de verdadera comunidad no hace ciudad, hace almacén. La comunidad y, por tanto, la verdadera ciudad existe cuando todas las personas se sienten formando parte real de un “nosotros” común y acogedor, donde cada persona se ve reconocida sin reservas y ve también respetado su “derecho a la ciudad”. Tanto el pleno sentido de un “nosotros” común y acogedor como el “derecho a la ciudad” de cada persona son incompatibles con discriminaciones, desigualdades y exclusiones. Las Ciudades Educadoras valoran la pluralidad en igualdad y la inclusión de todas las personas en un clima de diálogo, participación e intercambio de ideas, valores y formas culturales diversas pero no enfrentadas. Además, reconocen que la vida humana es ecodependiente e interdependiente: para existir debemos hacernos cargo los unos de los otros; debemos potenciar y estimular el cuidado y hacer corresponsable a la sociedad en su conjunto.
El segundo eje se ha centrado en la promoción de una ciudadanía crítica. La comunidad bien constituida ha de evitar el riesgo de confundir la igualdad con una homogeneidad tal que acabe limitando la libertad y la iniciativa de sus componentes. Una de las claves que garantiza la libertad de las personas, hoy también especialmente amenazadas por la sobreinformación y la manipulación constante de las grandes plataformas tecnológicas, es su formación en el pensamiento crítico. El adjetivo “crítico” no responde a la actitud de disconformidad sistemática con todo –que es de hecho justamente acrítica porque no valora diferencias y matices, sino que responde a una disposición analítica de la información y del entorno que busca matices, distinciones y diferencias, y que sopesa razones a favor y en contra de todo; por lo tanto, dialoga con argumentos y no dogmatiza, ni descalifica con exabruptos ni insultos. El pensamiento crítico se basa en criterios e interpretaciones razonables, no solo en datos; incorpora la relación con el contexto como condicionante principal de todo hecho humano y social. Educar el pensamiento crítico es, ni más ni menos, que educar la libertad.
El tercer eje de los trabajos ha centrado la atención en la condición creativa de las personas y de la ciudad. La creatividad es un concepto que se puede comprender bien en contraste con sus contrarios, que serían la inacción, la repetición o la copia. Si la persona no actúa, o si solo repite y copia, deviene un ser pasivo y sin singularidad ni perfil propio; es decir, se parece a un objeto muerto o inconsciente, lejos de su condición de sujeto vivo y consciente. No es concebible una verdadera ciudad constituida por seres pasivos, repetitivos y meras copias los unos de los otros: volveríamos a la noción de ciudades-almacenes de objetos.
La creatividad, pues, en positivo se puede entender como una disposición activa, generadora de iniciativas que buscan la expresión de la propia manera de ver el mundo y de formas de vinculación comunitaria singulares y estimulantes. La creatividad nos garantiza, como personas y como comunidades, la independencia en relación a viejas inercias mentales y prejuicios; los nuevos retos que vivimos requieren también de soluciones creativas y la acción conjunta de los gobiernos locales y de la ciudadanía. Por ello, promover programas que refuercen las capacidades creativas de la ciudadanía contribuirá a generar capital social.
Considerando todo lo anterior, las ciudades y pueblos participantes en el XVIII Congreso Internacional de Ciudades Educadoras celebrado en Granollers en mayo de 2026 aspiramos a vivir en un mundo progresivamente más justo y pacífico, basado en los siguientes objetivos:
Fomentar la educación y la cultura para lograr comunidades que, desde su diversidad interior, aseguren la cohesión social, el diálogo intercultural y la inclusión de todas las personas, sin discriminaciones, en un proyecto de convivencia democrática.
Trabajar educativa y culturalmente el pensamiento crítico de la ciudadanía como garantía de libertad dentro de la ciudad y de autonomía y preservación de los derechos humanos y de los nuevos derechos digitales, ante la amenaza de control de las plataformas tecnológicas de inteligencia artificial generativa y del big data.
Animar la creatividad de todas las personas, asociaciones e instituciones, desde todas las instancias educadoras y culturales de las ciudades, para garantizar una plenitud vital como sujetos con perfil propio e iniciativa, capaces de mejorar con imaginación la vida personal y la convivencia social y de hacer frente a los retos globales que vivimos.
Para ello, nos comprometemos a:
Generar espacios de encuentro que favorezcan el diálogo intercultural entre diferentes comunidades culturales, religiosas y lingüísticas.
Impulsar iniciativas comunitarias que contribuyan a construir un sentido de comunidad, donde se reconozcan y respeten las diferencias y se fomente un sentimiento de pertenencia compartida.
Fomentar iniciativas de resolución de conflictos sociales, la mediación comunitaria y la promoción de una cultura de paz a través del diálogo.
Fomentar proyectos que celebren la diversidad y la pluralidad, mostrando cómo estas características enriquecen la vida urbana y contribuyen a la identidad de la ciudad.
Impulsar iniciativas educativas y culturales que aborden y busquen reducir las desigualdades y los procesos de exclusión y segregación, promoviendo políticas y acciones que beneficien a toda la comunidad.
Fomentar la participación promoviendo espacios de diálogo donde las personas puedan expresar sus ideas, escuchar diferentes puntos de vista y aprender a argumentar de manera respetuosa y fundamentada.
Fomentar la participación ciudadana en la transformación del entorno urbano, mediante proyectos que refuercen la democracia participativa y la construcción colectiva de la ciudad, actuando de manera activa ante la actual crisis ecosocial en la que nos encontramos.
Promover el pensamiento crítico y la reflexión sobre la información que consumimos, abordando el fenómeno de la desinformación y formando a la ciudadanía para cuestionar y analizar las fuentes de conocimiento.
Fomentar la creatividad ciudadana a través de talleres, actividades y programas que permitan a la ciudadanía explorar y desarrollar su potencial creativo.
Impulsar modelos de educación transformadora que combinen creatividad e innovación en diferentes contextos, como proyectos comunitarios, tecnológicos o culturales.
Crear plataformas o espacios colaborativos que faciliten el intercambio de conocimientos, experiencias y buenas prácticas, fortaleciendo la creatividad colectiva.
Fomentar iniciativas de cocreación entre la ciudadanía y los centros culturales del municipio, donde artistas, jóvenes y personas adultas puedan expresarse, experimentar y compartir sus ideas creativas.
Impulsar iniciativas creativas para afrontar retos urbanos a través de laboratorios de cocreación donde ciudadanía y gobierno local puedan reflexionar sobre su entorno y compartir propuestas creativas.